miércoles, 22 de marzo de 2017

LA CORRUPCIÓN EN LA EDUCACIÓN.

“El Artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) consagra la educación básica como derecho, su obligatoriedad y gratuidad: “1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos”.
“La huelga más fuerte fue en mayo de 2001 y duró casi dos meses, en contra de la reforma constitucional y la Ley 715 que cursaba en el Congreso. Mientras que fuera de Bogotá los huelguistas se mantuvieron, en la capital sólo aguantaron hasta el final 75 colegios por la presión de la Secretaría de Educación (Cubides y Mora, 2009). Los sindicatos demandaron estas medidas ante los jueces. Algunas de estas demandas se ganaron y en el 2010 se empezaron a reintegrar estos recortes salariales de las huelgas realizadas diez años atrás. Esto fue una característica de la administración Vélez: tomar decisiones que violaban la ley o que se movían en la frontera de la legalidad, y esperar a que las demandas se resolvieran varios años después, cuando los cambios ya se habían hecho y era prácticamente imposible revertir las decisiones, como sucedió con los procesos de fusión de escuelas y colegios, y con la transformación de los directores de las escuelas en coordinadores. Por ejemplo, el director de la escuela Jacqueline, en Bogotá, se negó a fusionar su escuela y a dejar su cargo para convertirse en coordinador, puso una demanda y, años después, la ganó. Legalmente no fue posible hacerle abandonar su cargo y se mantuvo, pero todas las demás escuelas se fusionaron. Las tácticas que se utilizaron para convencer a los rectores y directores de aceptar estas medidas se analizaron a partir de un trabajo de campo de tres meses en tres colegios con sus escuelas satélites, en Miñana et. al. (2004)”.[1]

Las políticas neoliberales y la privatización de las empresas públicas han hecho que se reduzcan los presupuestos para la educación. Para nadie es un secreto que dichas privatizaciones de las empresas públicas se realizan con un interés de obtener beneficios económicos para el gobernante de turno, el cual disfraza como una urgencia de la población de la privatización para invertir en otros proyectos públicos. Como son los ejemplos de la privatización de la empresa de energía de Bogotá y la ETB.



[1] http://propuestaeducativa.flacso.org.ar/archivos/dossier_articulos/44.pdf

viernes, 17 de marzo de 2017

LA CORRUPCIÓN EN EL SECTOR SALUD.

El sector salud es muy vulnerable a la corrupción por parte de los hospitales, clínicas, EPS, IPS, empresas farmacéuticas y entidades del gobierno que realizan fraudes, sobornos y desvían recursos a programas de salud inexistentes o sobre costeados.
El derecho fundamental a la salud y atención médica de urgencias para cualquier persona es prioritaria, pero el régimen de salud es precario y las salas de urgencias siempre están llenas y no dan abasto.  
El problema ético propuesto es “La corrupción en el sector salud en Colombia”.
La ética social nos concientiza de ser responsables y honestos en nuestras acciones y conductas para disminuir la corrupción y tener en nuestro país mejores servicios de salud, nutrición y educación preventiva de enfermedades.

domingo, 12 de marzo de 2017

El Problema de la Corrupción en el Gobierno

Las políticas públicas para resolver las problemáticas sociales de nuestro país no son eficientes por causa de la corrupción que malversa los recursos públicos para el bien personal de los servidores públicos.  

Y esto es generado por los años de inequidad, injusticia social y exclusión de las clases menos favorecidas. En detrimento de las poblaciones más vulnerables como la niñez, las personas de la tercera edad, entre otros.

La ley, la moral y la cultura son primordiales para crear una cultura ética de los servidores públicos y en general de la ciudadanía. Un valor fundamental es la honestidad partiendo del individuo y reflejándolo en su entorno social.
Los flagelos de nuestra sociedad como la política sin ética social, el narcotráfico, la debilidad en la justicia, han generado una cultura de deshonestidad y corrupción de la sociedad donde impera el beneficio propio sobre el bien común de la población.
Además de la ambición desenfrenada por tener más dinero con el mínimo esfuerzo. Manteniendo un estatus social alto y convirtiéndose en un hábito de robar por robar, es parte de la idiosincrasia y arquetipo cultural de nuestro país.

La rendición de cuentas de los proyectos sociales y públicos es una metodología muy apropiada para evaluar la gestión de las políticas públicas del estado. La transparencia de las instituciones del gobierno y el control del gobierno del lavado de activos de negocios ilícitos, son los puntos claves para el control de las actividades de corrupción.  

La pobreza es un problema social más latente en nuestro país, generada por años de inequidad y exclusión de la población más vulnerable de nuestro país.  
La principal causa son los gobiernos corruptos, que se apropian de los recursos públicos y no tienen una ética social, donde el gobernante de turno saca beneficio propio durante los 4 años de gobierno. La doble moral y la falta de ética social son propias de nuestra cultura e idiosincrasia.

La ética social y el liderazgo ético se basan en ayudar a los demás partiendo de que la población tenga credibilidad en sus líderes políticos y gobernantes.
La honestidad es el principal valor social, porque la persona que no se deja seducir del dinero fácil y es transparente en sus negocios, puede tener la consciencia tranquila y vivir más feliz.


Why Ethics (Usually) Pays, and How to Make it Pay More

Diseños de sistemas éticos: qué usan los líderes inteligentes para mejorar sus organizaciones (y el mundo)

 En 2016, muchas naciones desarrolladas se enfrentaron a los dos mismos demonios que los han atormentado desde la crisis financiera de 2008: crecimiento lento y decepcionante, combinado con una creciente desigualdad de ingresos. Algunas de estas naciones también están experimentando descontento o rebelión populista. Si bien las causas de los movimientos populistas son variadas y no pueden entenderse solo desde un punto de vista económico, es evidente que un crecimiento más rápido e igualitario habría reducido el descontento.
Los políticos y los banqueros importantes luchan contra estos dos demonios, pero una herramienta poderosa y poco utilizada para combatirlos puede estar ya en manos de los líderes empresariales: el diseño de sistemas éticos.
Si la comunidad empresarial de cualquier país puede encontrar maneras de hacer mejoras sustanciales y sistémicas en el comportamiento ético de las corporaciones, hay buenas razones para esperar que el crecimiento aumente y que la desigualdad en los ingresos disminuya.
Si este es el caso, y explicaremos por qué creemos que es así, la siguiente pregunta que surge es: ¿podemos hacer que el liderazgo sea más ético? Sí, y podemos explicar cómo.
¿Qué es el diseño de sistemas éticos?
Todas las empresas son sistemas organizativos complejos que están dentro dentro de sistemas más grandes, tales como la cultura nacional y los sistemas legales y normativos, y están compuestos por personas que aportan sus propios valores y perspectivas al trabajo.
Esta interacción de sistemas personales, organizativos y normativos crea un ambiente dinámico que los líderes deben gestionar activamente para promover el éxito a largo plazo de la compañía. El fracaso ético en cualquier nivel puede generar una catástrofe, pero lograr una buena ética en todos los niveles produce beneficios enormes en confianza, eficiencia y felicidad. Para examinar en profundidad los sistemas éticos se deben considerar de manera simultánea tres niveles de análisis:
1. Personal
¿Cómo se puede fomentar una conducta ética entre los empleados? El estímuloes una táctica comprobada, que considera las tendencias de comportamiento de los empleados y la forma en que el medio ambiente y sus interacciones pueden influir en la toma de decisiones hacia resultados más éticos.
2. Organizativo
A nivel de empresa, ¿cuáles son los valores que surgen cuando los individuos y los grupos interactúan? Los líderes pueden mantener un enfoque en la ética para inculcar una cultura centrada en hacer lo correcto como una forma de hacer negocios. Contratar por la ética, además de considerar las habilidades es una forma rápida de lograr dicha mejora.
3. Normativo o gubernamental
Si puede conseguir que el sistema normativo al más alto nivel recompense el desarrollo de culturas éticas a nivel de la organización, y si esas culturas fomentan la conducta ética de las personas en un nivel inferior, habrá logrado una alineación completa.
La alineación de los tres niveles es una de las características más importantes de un sistema ético.
¿Por qué el diseño de sistemas éticos puede mejorar el crecimiento? Diseñar a las empresas para que actúen de manera más ética da buenos resultados de tres maneras importantes:
1. Una buena reputación es más valiosa
Las investigaciones demuestran que las empresas con buena reputación tienen costos empresariales más bajos, atraen con más facilidad a los inversores y pueden cobrar precios más altos que las empresas con mala reputación.
2. El comportamiento ilegal puede ser extremadamente costoso
Los escándalos y la mala conducta impactan directamente en los precios de las acciones de las empresas. Un estudio encontró que, en promedio, las empresas pierden el 41 % de su valor de mercado cuando las noticias de mala conducta se hacen públicas. Esto debe sumarse a las sanciones financieras directas y los costos legales en los que se incurre debidos a las conductas ilegales.
3. Una dirección de empresas buena y ética logra ganancias financieras
El liderazgo ético se correlaciona con un mejor desempeño de los empleados. Estos líderes modelan el comportamiento ético y los estándares que atraen a empleados de gran valor que saben que serán escuchados y cuidados; lo que resulta en que los miembros de los equipos estén más satisfechos con su trabajo, más comprometidos y menos propensos a decir que planean dejar la organización.
También hay cada vez más evidencia que muestra que dirigir una empresa con más ética logra ganancias financieras, incluyendo los índices que demuestran que con el tiempo las compañías éticas superan los índices de MSCI y S&P 500 (ver una charla de Jonathan Haidt en el Aspen Ideas Festival 2016 y la lista de 2016 World’s Most Ethical Companies del Instituto Ethisphere, y Good Company Index).
¿Por qué el diseño de sistemas éticos puede mejorar la igualdad de los ingresos?
Hay dos maneras en que se puede considerar la responsabilidad de los ejecutivos. Algunos piensan que tienen el deber fiduciario de maximizar los rendimientos de los accionistas. De acuerdo con este punto de vista, el deber de los ejecutivos es mantener los salarios bajos y los rendimientos de los accionistas altos; una receta para el crecimiento de la desigualdad y del resentimiento contra las corporaciones y el capitalismo.
Pero la mayoría de los líderes empresariales adoptan la visión de las partes interesadas, hasta un cierto punto. Saben que deben manejar muchos tipos de relaciones, a largo plazo, y están más motivados a invertir en sus empleados que en explotarlos hasta el extremo.
De hecho, la investigación realizada por Zeynep Ton en la Estrategia de los buenos empleos demuestra que invertir en los empleados puede lograr reducir los costos totales de los negocios y generar más ganancias, un resultado que puede ser contradictorio para quienes adoptan la perspectiva de la "prioridad de los accionistas".
Los estudios de casos de Ton de empresas icónicas tales como Costco y Trader Joe muestran cómo las decisiones de invertir en el personal, mediante salarios más altos, pero también con estrategias de gestión que ayudan a darle significado y dignidad al trabajo, generan beneficios para muchos, incluso para los inversores y clientes.
Cuando un gran número de empresas adoptan una perspectiva teniendo en cuenta a todos los participantes y dejan de centrarse únicamente en las ganancias a corto plazo, pueden generar, comúnmente, más valor y menos desigualdad. El resultado es una solución empresarial sin la necesidad de intervención del gobierno o de nuevas normativas.
¿Cómo pueden las empresas incorporar el diseño de sistemas éticos en sus negocios?
El liderazgo es un ingrediente esencial en el diseño de los sistemas éticos, y cualquiera puede aprender a convertirse en un líder ético. Como David Mayer, colaborador de Ethical Systems, describió en Fast Company, los líderes no solo deben ser buenas personas sino también directores morales. Deben traer sus valores personales al trabajo y también demostrar que la ecuanimidad, la integridad y la confianza mutuas son de primordial importancia en su estilo de gestión.
Para facilitar el liderazgo ético, los ejecutivos también deben esforzarse para que sus empresas sean una organización de aprendizaje. Estas organizaciones ven el fracaso como una oportunidad para la educación y desarrollan culturas que apoyan a los empleados hablando sobre los desafíos éticos y operativos. Con mucha frecuencia vemos a los ejecutivos desentenderse de los fracasos éticos y echarle la culpa a algunas manzanas podridas, en lugar de verlos como oportunidades para buscar un barril en mal estado; es decir, hacer un análisis exhaustivo de las causas sistémicas y las consecuencias que contribuyeron a dichas conductas.
Una forma de abordar esta brecha es medir todos los años la cultura ética de una empresa. La medición de la cultura es esencial para los líderes que desean tener el control sobre las organizaciones complejas; se deben buscar los problemas éticos que acechan en las sombras. La medición de la cultura también ayuda a quienes están a la cabeza de una organización a aclarar los objetivos, y a evaluar la eficacia de los programas de ética y cumplimiento de la compañía, reducir la mala conducta y mejorar la retención de los empleados.
El diseño de sistemas éticos trae beneficios a las empresas, a los empleados y a los accionistas. En el proceso, las empresas éticas pueden ayudar a sus países a luchar contra los demonios de crecimiento lento y creciente desigualdad.
Obtenga más información sobre el diseño de sistemas éticos aquí:http://ethicalsystems.org/


Luchar contra la corrupción no acabará con la pobreza


Los países son pobres porque tienen gobiernos corruptos. Y, a menos de que de que sean capaces de garantizar que los recursos públicos no van a ser desviados y de que el poder público no va a ser empleado con fines de lucro personal, continuarán siendo pobres, ¿no es así?
Ciertamente, es tentador creer lo anterior. Al fin y al cabo, ésta es una narrativa que claramente vincula la promesa de la prosperidad con la lucha contra la injusticia. Según lo expresara el Papa Francisco en su reciente viaje a América Latina: “la corrupción es la polilla, la gangrena de un pueblo“. Los corruptos merecen ser “atados a una piedra y arrojados al mar“.
Es posible que así sea. Pero ello no hará que sus países sean más prósperos.
Consideremos los datos. Probablemente la mejor forma de medir la corrupción sea a través del Indicador de Control de Corrupción, publicado por el Banco Mundial desde 1996 para más de 180 países. Este indicador muestra que si bien las naciones ricas tienden a ser menos corruptas que las más pobres, los países que son relativamente menos corruptos para su nivel de desarrollo, como Ghana, Costa Rica o Dinamarca, no crecen más rápidamente que otros.
Y los países que mejoran su posición en el indicador, como Zambia, Macedonia, Uruguay o Nueva Zelanda, tampoco crecen más rápido. En contraste, como lo sugiere el Indicador de Efectividad Gubernamental del Banco Mundial, los países que, dado su nivel de desarrollo, tienen gobiernos relativamente efectivos o mejoran sus resultados, de hecho tienden a crecer de manera más rápida.
Por alguna razón – que probablemente tenga que ver con la naturaleza de lo que Jonathan Haidt, de New York University, ha llamado nuestras “mentes virtuosas” – nuestros sentimientos morales están fuertemente relacionados con un sentido de empatía frente al daño y a la injusticia. Es más fácil movilizarse en contra de la injusticia que a favor de la justicia. Nos entusiasma más luchar contra el mal – por ejemplo, el hambre y la pobreza – que a favor del bien, por ejemplo, el tipo de crecimiento y desarrollo que crea una abundancia de alimentos y de medios de vida sostenibles.
Algunas veces, ir del “mal” al “bien” correspondiente, es simplemente cuestión de semántica: luchar contra el racismo significa luchar por la no discriminación. Sin embargo, en el caso de la corrupción, que es un mal producido por la falta de un bien, atacar el mal es muy diferente de crear el bien.
El bien es un estado capaz: una burocracia que puede proteger al país y a su pueblo, mantener la paz, hacer cumplir reglas y contratos, proporcionar infraestructura y servicios sociales, regular la actividad económica, comprometerse con obligaciones inter-temporales de manera creíble, y crear una política tributaria que permita financiar todo lo anterior. La falta de un estado capaz es lo que causa tanto la pobreza y el retraso como la corrupción: la incapacidad de evitar que los funcionarios públicos, a menudo en colusión con otros miembros de la sociedad, subviertan la toma de decisiones para obtener beneficio personal.
Se podría argumentar que reducir la corrupción conlleva la creación de un estado capaz; el bien se crearía a partir de la lucha contra el mal. Pero, ¿es así? Es frecuente que profesores y enfermeras falten a su trabajo, pero esto no significa que si no lo hicieran, los resultados serían mucho mejores. Es posible que los policías dejen de exigir sobornos, pero no por ello mejorarían sus capacidades para atrapar delincuentes y disminuir la criminalidad. La reducción de las coimas no implica que existe la capacidad para administrar contratos de concesiones ni recaudar impuestos.
Fuera de encarcelar a algunos corruptos, las medidas para combatir la corrupción típicamente comprenden reformas a las normas de adquisiciones, a los sistemas de gestión de las finanzas públicas, y a la legislación anti corrupción. La presunción subyacente es que, a diferencia de las antiguas, las nuevas reglas sí serán cumplidas.
Ésta no ha sido la experiencia de Uganda. En 2009, bajo presión de los organismos de cooperación internacional, el gobierno de este país aprobó lo que entonces se consideró la mejor legislación anti corrupción del mundo; sin embargo, han continuado decayendo todos sus indicadores de corrupción.
Uganda no es una excepción. Mi colega de la Universidad de Harvard, Matt Andrews, ha documentado el fracaso de las reformas a la gestión de las finanzas públicas diseñadas para evitar el soborno. Pero, las razones a las que obedece este tipo de fracaso, no son exclusivas de la gestión financiera.
Toda organización necesita ser percibida como legítima. Se puede crear esta percepción si la organización logra cumplir las funciones para las que fue creada, lo que es difícil. Alternativamente, puede recurrir a una estrategia del mundo natural llamada mimetismo isomorfo: de la misma manera en que una serpiente no venenosa evoluciona para adquirir un parecido con las especies venenosas, una organización puede aparentar ser semejante a una institución que se percibe como legítima en otros ámbitos.
Y esto es lo que la agenda anti corrupción con frecuencia termina estimulando: la creación de organizaciones más obsesionadas con cumplir los nuevos y engorrosos procesos que con lograr las metas para las que fueron concebidas. De acuerdo a lo que sostienenLant PritchettMichael Woolcock y Matt Andrews, de la Universidad de Harvard, cuando organizaciones ineptas adoptan “mejores prácticas”, tales como sistemas de gestión financiera y reglas de adquisiciones, se distraen demasiado con protocolos que distorsionan las decisiones como para hacer aquello para lo cual fueron establecidas.
De acuerdo a lo que ha señalado Francis Fukuyama, uno de los máximos logros de la civilización humana ha sido el desarrollo de un estado capaz, que rinde cuentas y se rige por el estado de derecho. Esto supone la creación de un sentido compartido “del nosotros”, una comunidad imaginada, en cuyo nombre actúa el estado.
Ésta no es una tarea fácil cuando las sociedades están profundamente divididas por cuestiones étnicas, religiosas o de estatus social. En el fondo, ¿para quién es el estado? ¿Para todos los iraquíes o solamente los chiitas? ¿Para todos los kenyanos o sólo los kikuyu? ¿Qué puede impedir que el grupo étnico que ejerce el poder desvíe recursos hacia sí mismo bajo el argumento de que ahora “nos toca comer“? ¿Por qué aquéllos que están en control del estado no habrían de transformarlo en su propio patrimonio, como en el caso de Venezuela, donde después de más de dos años de la muerte del presidente Hugo Chávez, sus hijas todavía ocupan la residencia presidencial?
La lucha contra la corrupción nos moviliza a todos porque queremos erradicar el mal y la injusticia. Pero, debemos recordar que arrojar el mal al mar, no significa que en nuestras costas vaya a aparecer súbitamente el bien que nos hace falta.
Con la colaboración de Project Syndicate
Autor: Ricardo Hausmann es ex ministro de planeamiento de Venezuela y ex economista jefe del Banco Inter-American Development Bank. 
Imagen: REUTERS/Ognen Teofilovski.
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Cinco maneras de derrotar la corrupción global

Las crisis que en la actualidad dominan los medios de comunicación internacionales –de Ucrania al Estado Islámico al ébola– parecen tener poco en común. A pesar de que la dinámica es ciertamente diferente, en esencia a cada uno de estos tres retos los une un tema común: la corrupción generalizada. Del colapso del gobierno en Ucrania a la revolución en Siria al soborno que ha debilitado los sistemas de salud en África Occidental, la corrupción ha demostrado ser un impulsor crucial en esta reciente inestabilidad.
La corrupción impide la toma de decisiones justa, desvía los recursos destinados al bienestar público y erosiona la confianza en las personas en el poder. Alrededor del mundo, esta falta de integridad se ha arraigado hasta tal punto que ha costado hasta 30 billones de dólares durante los últimos 15 años: la mitad de PIB mundial.
Desde el fin de la Guerra Fría –cuando la comunidad internacional comenzó a tomar en serio el combate contra la corrupción a nivel global– se ha logrado un avance significativo. En la actualidad existen ya leyes, regulaciones y compromisos, desde la Convención contra la Corrupción de la OCDE a la Convención Contra la Corrupción de las Naciones Unidas. Los responsables de algunos actos de soborno más nefastos están tras las rejas. Organizaciones como Transparency International y Global Witness han potenciado a la sociedad civil para responsabilizar más a sus gobiernos en todo el mundo.
No obstante, el problema de la corrupción es que es un reto adaptivo que evoluciona rápidamente y se cuela entre los huecos de sistemas y organizaciones de una manera igual de rápida que lo que tardamos en llenar dichos huecos. Las reglas y los marcos legales no funcionan cuando no concuerdan con sociedades basadas en el favoritismo, cuando el arresto de algunos malhechores no disuade a otros y cuando los esfuerzos de la sociedad civil para combatir la venalidad a menudo no cuentan con fondos ni coordinación.
Para poder hacer frente a la corrupción y evitar las crisis globales impulsadas por la misma, debemos movilizar nuevos grupos de votantes de maneras creativas y proporcionarles las herramientas necesarias para que tengan éxito. A continuación se ofrecen cinco ideas sobre cómo hacerlo:
Uno: adoptar la rendición de cuentas. La corrupción es un síntoma, no la causa, de los sistemas y las sociedades que carecen de integridad. Para derrotar la corrupción, debemos pensar en maneras sustentables de lograr que las personas en el poder rindan cuentas ante los ciudadanos. Esto significa darle voz a todas las personas que son gobernadas así como garantizar que dicha voz sea escuchada y que se le responda. Hay muchas maneras de hacer esto, que van desde el presupuesto participativo hasta las boletas de calificación ciudadanas. Estos métodos permiten que se genere presión social sobre las personas encargadas de la toma de decisiones, lo cual es un fuerte incentivo para comportarse honestamente.
Dos: incluir a las empresas. Las corporaciones con visión a futuro y de orientación global comprenden claramente que luchar contra la corrupción es bueno para las personas ordinarias, bueno para la estabilidad de las sociedades y bueno para los resultados finales. Compañías como Coca-Cola, Standard Chartered y Google están encontrando maneras no sólo de adherirse al pie de la letra de leyes como la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero, sino de construir también una cultura de integridad entre su personal y directivos. Además, foros como la Iniciativa Alianza contra la Corrupción del Foro Económico Mundial y el B20 (el cual conduce la participación de las empresas con los gobiernos del Grupo de los 20) pueden proporcionar espacios valiosos para los debates honestos acerca de estos temas y la calibración de ideas entre personas con intereses afines.
Tres: aprender del grupo de los BRICS. Es fácil desalentarse cuando los reportajes sobre Rusia indican que el 80% de sus ciudadanos creen que la corrupción es mucho peor ahora de lo que era hace 10 años. No obstante, es en el mundo en vías de desarrollo donde algunas de las iniciativas anticorrupción más eficaces están comenzando a demostrar un impacto verdadero. En la India, por ejemplo, la Campaña Nacional por el Derecho de las Personas a la Información (RTI, por sus siglas en inglés) ha transformado la habilidad de los ciudadanos para lograr que el gobierno rinda cuentas. La Ley RTI se ha usado para recabar información que ha identificado la corrupción a gran escala en una amplia gama de sectores que van de la organización de los Juegos de la Mancomunidad en Delhi al proceso de concesión de licencias para el espectro 2G. El valor de estos tipos de iniciativas es que son de propiedad local, contextualizadas y sustentables y se diferencian del método “una solución para todos” que en el pasado ha frustrado muchos esfuerzos anticorrupción en Occidente.
Cuatro: atraer la participación de los mileniales. Es bien sabido que en la actualidad los jóvenes constituyen más del 50% de la población mundial. Pero nuestra experiencia demuestra también que los mileniales tienden a ser más energéticos acerca de estos temas, menos proclives a participar en redes de nepotismo y están mucho más familiarizados con la tecnología que las generaciones mayores. Esto los vuelve un grupo de votantes crucial en los esfuerzos para combatir la corrupción. La clave es localizar a estos jóvenes donde se encuentran –en línea, por medio de las redes sociales y herramientas culturales como la música–  en lugar de buscarlos en informes y seminarios. Si podemos construir comunidades de jóvenes que comprendan la rendición de cuentas, cuando esta generación alcance posiciones de poder, combatir la corrupción será mucho más fácil.
Cinco: apoyar la innovación. De la misma manera que la corrupción está en constante evolución, debemos trabajar también en la adaptación continua de nuestras respuestas a fin de garantizar que podamos contar con la participación de ciudadanos en torno a este reto, construir mecanismos para la rendición de cuentas y mantener el soborno bajo control. Esto significa encontrar nuevas maneras de impulsar reformas, como la Alianza para el Gobierno Abierto; crear colaboraciones creativas para financiar y apoyar buenas ideas, como la Iniciativa para que Todas las Voces Cuenten y participar en los debates en torno a nuevas ideas, como el concepto de la fuerza internacional anticorrupción. Sólo planteándonos de nuevo los métodos anticorrupción del pasado podremos asegurarnos de derrotar la plaga en el futuro.
Autor: Blair Glencorse es director ejecutivo del Accountability Lab
Imagen: REUTERS/Parth Sanyal


LA CORRUPCIÓN Y SUS CAUSAS.

“Una vez precisado el concepto de corrupción, es fundamental determinar los principales factores que llevan a su origen y desarrollo. Al analizar las causas de la corrupción Klitgard (1994), concluye que mayores serán los incentivos para actuar de manera deshonesta o corrupta, cuando:
• El agente goza de arbitrio y tiene bajo nivel de responsabilidad
• Hay poca probabilidad de que el agente sea descubierto y sancionado rápida y eficientemente
• El agente posee poder monopólico sobre el cliente
• Bajo salario del agente
• Escaso costo moral por aceptar sobornos
• Mínima satisfacción moral por ser honestos
• El cliente beneficiado por las circunstancias anteriores ofrece un soborno lo suficientemente alto para persuadir al agente a costa del principal.
De este modo, la utilidad por ser corrupto es mucho mayor que la de no serlo. Además son estas causas, entre otras, las que permiten explicar su carácter dinámico y multiplicativo al interior de las instituciones gubernamentales y hacia los demás agentes para incurrir en este tipo de actividades ilícitas; dinámico porque se adapta a las nuevas circunstancias, evolucionando rápidamente y convirtiéndose en una práctica sutil, imperceptible y sofisticada; y multiplicativa porque tiende a contagiar a las personas e instituciones que se han caracterizado por su transparencia y actitud ética”.

Tomado de  “La corrupción en la contratación estatal colombiana una aproximación desde el neo institucionalismo”

¿Puede América Latina poner fin a la corrupción?


Mientras los escándalos de corrupción sacuden a Latinoamérica, muchos comentaristas se preguntan si la región se librará algún día de su herencia de debilidad institucional. Creo que lo hará.
Mi optimismo se basa en parte en la historia de Estados Unidos, fundado por líderes muy preocupados por la corrupción que, según algunas versiones, diseñaron su Constitución con la meta específica de vacunar a la nueva República contra el vicio. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, el gobierno de EE. UU. pronto se tornó tan sobornable como cualquiera de los antiguos regímenes europeos —y, como afirmóFrancis Fukuyama, siguió así durante más de un siglo.
Incluso después de que EE. UU. finalmente comenzara a limpiar su gobierno federal, la influencia política se mantuvo en los niveles estatal y municipal. Las políticas para aumentar la transparencia gubernamental —como la Ley de Libertad de Información— no se implementaron hasta la década de 1960.
Actualmente, los estadounidenses aún se preocupan por la influencia del dinero en la política, como lo demuestran las reiteradas discusiones sobre el financiamiento de las campañas en sus actuales elecciones primarias presidenciales. Pero no se puede negar que el gobierno estadounidense es infinitamente más virtuoso en la actualidad que en los días de Thomas Jefferson, Abraham Lincoln o Teddy Roosevelt.
Vista desde Latinoamérica, la experiencia estadounidense nos recuerda que las instituciones sólidas emergen a un ritmo glacial, gracias al esfuerzo acumulativo de generaciones de reformadores. La lección que nos dejan EE. UU. y otras naciones es que los países necesitan tres ingredientes para combatir la corrupción: un sólido marco legal, líderes comprometidos y apoyo público sostenido.
El primer ingrediente no debiera ser un problema para los países latinoamericanos (muchos de los cuales basaron sus leyes fundamentales en la constitución estadounidense), aunque la dificultad para implementarlo sostenidamente aún constituye una grave debilidad.
En cuanto al segundo, una gran cantidad de personas valientes han defendido la probidad, aunque en gran medida hayan sido ignoradas o condenadas al ostracismo.
El tercer ingrediente —la movilización popular contra la corrupción—ha sido el más difícil de obtener, ya que los latinoamericanos históricamente tendieron a tolerar a los políticos ladrones. Los brasileños hasta tienen un dicho para perdonar las malversaciones: rouba mas faz (roba, pero hace).
Esto parece finalmente estar cambiando: en toda Latinoamérica los ciudadanos están saliendo las calles para decir basta a la corrupción. No se trata de protestas aisladas contra políticas específicas que perjudican sus intereses particulares; las demostraciones ahora involucran a un amplio espectro de la sociedad que incluye, principalmente, a la emergente clase media de la región.
Además, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, los escándalos de corrupción actuales son investigados y llevados a juicio con un grado de independencia sin precedentes. Los tribunales de países tan diversos como Brasil, Chile, Colombia y Guatemala están condenando, e incluso encarcelando, a destacados políticos y empresarios.
En una región habituada desde hace mucho a la impunidad de las élites políticas y económicas, esto implica un cambio tectónico. Si esta presión popular y judicial continúa, lo que parece probable, podría crear las condiciones para que muchas otras reformas tengan éxito.
Desde su regreso a la democracia en las décadas de 1980 y 1990, muchos países latinoamericanos han estado trabajando silenciosamente para fortalecer la separación de poderes en sus sistemas políticos, con medidas que van desde la ampliación de la autoridad de las legislaturas para analizar los presupuestos y controlar los gastos hasta el refuerzo de la capacidad judicial para procesar complejos crímenes financieros. Muchos países han introducido recientemente salvaguardas mejoradas contra la evasión fiscal y el lavado de dinero. Muchos están intentando reformar sus fuerzas policiales y adoptar un enfoque más estratégico en la lucha contra el tráfico de drogas y el crimen organizado.
Son cambios que carecen de glamour y rara vez llegan a los titulares, sin embargo, resultan indispensables para desarrollar la confianza en las instituciones públicas, que a su vez es fundamental para el progreso económico. Al momento, la falta de confianza en las instituciones no solo desalienta las inversiones a largo plazo, sino que lleva a que aproximadamente la mitad de los propietarios latinoamericanos de pequeñas empresas trabajen en la economía informal, evitando así leyes e impuestos que creen que les serán aplicados injustamente. En una época en que el lento crecimiento mundial y la caída de los precios de las materias primas exigen un rápido aumento de la productividad, las economías latinoamericanas no pueden darse el lujo de verse perjudicadas de esta manera.
En general, los funcionarios electos latinoamericanos están recibiendo el mensaje y apurándose a sumarse a las iniciativas para la buena gobernanza, como la multilateral Open Government Partnership (Asociación para el Gobierno Abierto). Es hora de que el sector privado, que con demasiada frecuencia ha tolerado la corrupción como un costo inevitable de los negocios, también se oponga a ella. Si los líderes políticos y empresariales de la región suman sus voces a la protesta contra la corrupción, Latinoamérica puede lograr una ruptura definitiva con su pasado y garantizar que todos los ciudadanos puedan confiar en la implementación justa del imperio de la ley y alcanzar su máximo potencial.
Con la colaboración de Project Syndicate.
Autor: Luis Alberto Moreno es president del Banco Interamericano de Desarrollo.
Imagen: REUTERS/Guillermo Granja